Edición 198 Domingo 19 de noviembre de 2000
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Amor mariano y ejemplo de vida, la herencia a sus hijos
Doña Guadalupe Íñiguez, mamá del Cardenal Juan Sandoval

• Claudia Ortiz Aguilar

Cuando el 30 de marzo de 1933 doña Guadalupe Íñiguez y don Esteban Sandoval llevaron a bautizar a su hijo Juan, que había nacido dos días antes, nunca imaginaron que aquel pequeño llegaría a ser Cardenal, sin embargo fue la figura materna la que de alguna forma, guió los pasos de su hijo hacia los caminos del Señor.
En entrevista con Semanario, el propio Cardenal, Arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, admite que su familia tuvo una influencia decisiva en su vocación sacerdotal: “Mi familia, sencilla, de pueblo, era una familia en el fondo muy creyente, y la estima que mostraban al sacerdote me hizo pensar en el Sacerdocio como algo muy grande y muy digno. Alguna vez mi madre con mucha discreción una o dos veces me dijo: Qué bueno estaría que te fueras al Seminario, si te quisieras ir yo le diría a tu padre que te diera permiso; y con eso que me dijo mi madre una o dos veces me dio a entender que la vocación sacerdotal era algo muy digno y muy grande, que si yo me viniera al Seminario mis padres estarían felices y contentos”.
Una vez que terminó la primaria, a los 12 años de edad, Juan -que quedó como el mayor de los hermanos al morir la primera hija del matrimonio: Guadalupe- recibió la invitación providencial de un seminarista y ahí en el Seminario escuchó el llamado y continuó sus estudios hasta su Ordenación Sacerdotal.
Cabe decir que de la familia materna surgió también el Obispo Don Salvador Quezada Limón, primo segundo de Don Juan Sandoval, pues la abuela paterna del primero: Doña María del Refugio Álvarez, era hermana de Doña María Concepción Álvarez, abuela materna del Arzobispo de Guadalajara.

Su papá formó su carácter

Doña Guadalupe Íñiguez nació en Yahualica el 26 de noviembre de 1907; fue hija única y vivió con sus padres en una casa a la orilla del pueblo, junto al camino del Rancho El Potrero, de donde era Don Esteban.
Por ser un pueblo pequeño se conocieron desde que eran niños. Se casaron en 1930, formando una gran familia, pues tuvieron 12 hijos.
Tanto sus hijos, como sus parientes en Yahualica, recuerdan el carácter fuerte de Don Esteban, que contrastaba con la tranquilidad de Doña Guadalupe, tal vez para balancear las situaciones.
“Don Esteban era cariñoso, pero sí muy enérgico; exigía mucho; nos levantaba a las 5 de la mañana para ayudar, ir a la escuela y a trabajar mucho, y no nos pasaba una; entonces creo que eso, en definitiva, ayudó mucho para formar el carácter y para enseñarle a uno desde chico la honradez”, cuenta don Juan Sandoval.
Conchita, la antepenúltima hija de la familia Sandoval Íñiguez evoca una ocasión en la que el Padre Juan se salvó del castigo de su padre: En aquel entonces había que asistir a la escuela de 9:00 a 12:00 y de 15:00 a 17:00 horas; un viernes, Juan decidió irse a bañar al río, por lo que por la tarde llegó a la escuela con retraso y cuando entró al salón y el profesor le cuestionó al respecto respondió: “Yo vengo a clases, no a que me regañen” y se dio la vuelta y se fue. El profesor lo alcanzó y le dijo que no podría regresar a la escuela hasta que llevara a su mamá o a su papá. Su mamá no quiso ir porque tenía mucho quehacer y su papá asistió a regañadientes y sin antecedentes de lo que había sucedido; cuando lo supo, por parte del profesor, se molestó y le reclamó que si para eso lo había llamado, que él mismo debió haber dado a Juan su merecido, porque se lo entregaban “con todo y nalgas” y llegó con él a un acuerdo: usted le da una delante de todos y yo le doy otra en la casa. El profesor vio tan molesto a don Esteban que no le pegó a Juan y prefirió que se entendiera con su papá. Cuando llegó con él, le preguntó que cómo le había ido con el maestro y le contestó: él, de por sí molesto y usted todavía le dice que me pegue. ¡Ah! pues que eso te valga, yo ya no te voy a pegar, le dijo.
Todos recuerdan su infancia con mucho cariño, los tiempos cuando de niños jugaban juntos y en los que su mamá tenía que estar con el palo en la mano, tanto a la hora de la comida como a la hora del rezo del Rosario, “pues eran tantos, que no faltaba a quien le ganara la risa”, cuenta Conchita.
“Lo que más admiraba en mi papá era lo mucho que trabajaba; siempre comenzaba a trabajar desde antes de que amaneciera. Ordeñaba las vacas, les daba de comer, las llevaba al potrero y llevaba la leche a entregar al pueblo. Él decía que cuando se oscurecía le daba tristeza porque ya no podía seguir trabajando. De mi mamá, el recuerdo que más me gusta repasar en mi memoria es cuando la escuchaba cantar al lavar la ropa, al cocinar o al realizar cualquier otro quehacer.
Mis papás nos hacían interrumpir el juego todas las noches para que rezáramos el Rosario en familia; los dos tenían una fe muy grande, pero sobre todo mi mamá, con su gran espíritu de devoción influyó en nuestra vida espiritual”, escribe así el Padre José, -también hermano del Sr. Cardenal- misionero en Corea, al responder a una entrevista vía Internet.

En Yahualica: los recuerdos de la infancia

Yahualica es mi infancia -relata don Juan Sandoval- desde que nací hasta los 12 años; es recuerdo de mis padres, mi casa en el pueblo, de mi rancho donde trabajé tanto en las labores del campo y donde ayudé a mis padres; donde formé mi carácter porque era el mayor de los hermanos y mi padre me exigía mucho esfuerzo y mucho rendimiento en el trabajo aunque estuviera chico; yo creo que ahí mi carácter se templó.
El recuerdo de mi párroco, un hombre extraordinariamente bueno, cariñoso, un pastor ejemplar, el Sr. Cura Ignacio Íñiguez, que casó a mis padres, me bautizó a mí y me organizó mi Cantamisa. Tuve yo la dicha, ya siendo Rector del Seminario, no sólo de asistir a su funeral, sino de conseguir que se le sepultara en la Parroquia que él construyó. El recuerdo de mi tierra es recuerdo a campo; recuerdo de la vida sencilla; olor a cantera fresca cuando se está trabajando.
En el pueblo, desgraciadamente queda de aquella parroquia alteña prácticamente sólo el orgullo de ser el pueblo natal del ahora Arzobispo de Guadalajara. En la Notaría destaca un cuadro con la fotografía del purpurado tapatío y entre los artículos que se venden, hay varios en donde se muestra su imagen. En los libros bautismales está identificado el tomo en el que fue registrado el bautizo de Juan Sandoval Íñiguez y los pobladores recuerdan la fiesta que se celebró ahí con motivo de su Cantamisa.
Pero a pesar de que son muchas las personas que viven ahí que llevan cualquiera de los dos apellidos, hay pocos recuerdos que revelen más de lo que aquí se ha escrito, pues la familia dejó el pueblo cuando los niños eran aún pequeños y acerca de aquel niño Juan, los recuerdos escasean, pues dejó Yahualica cuando era muy niño; sin embargo se le recuerda con cariño.
Don Esteban compró un terreno junto al rancho de sus padres y la familia vivió ahí, en lo que llamaron “El Ranchito”, en donde nacieron Guadalupe (quien falleció chica) y el Padre Juan; el lugar es ahora el cementerio municipal.
La familia se trasladó luego a la finca No. 88 de la calle Ignacio Ramírez en el interior de Yahualica y ahí vieron la luz: Pedro en 1934; José en 1936; Teresa en 1938; Jesús, quien murió siendo pequeño; Lázaro en 1941; Juanito en 1943 (quien murió hace algunos años y dejó nueve hijos en Chicago) y Bertha en 1944.
Cabe aclarar que hubo dos Juanes en la familia, identificados como Juan grande (el Sr. Cardenal) y Juanito, quien falleció hace 16 años. Como familia cristiana que era, los niños eran bautizados con el nombre del Santo bajo cuya protección habían nacido y dado que Juan chico nació el 31 de enero bajo la protección de San Juan Bosco, don Esteban se empeñó en que llevara ese nombre.
Al parecer, María Concepción, Manuel y María nacieron en El Ranchito, a donde regresó la familia años más tarde, para después trasladarse a Ameca, dado que dejó de haber agua para la siembra y el ganado se empezó a morir.
Conchita recuerda aquel lugar en Ameca, junto al río; parecía muy apropiado, sin embargo las lluvias provocaron una inundación, mientras que el calor le hizo mal al ganado.
Alrededor de 1962 la familia se trasladó a Guadalajara, luego de que los hijos se inclinaban por el estudio.

Una niñez llena de recuerdos

Juan fue muy acomedido y trabajador -recuerda el Padre José- “le ayudaba mucho a mi papá en el trabajo de los animales; de él aprendí a nadar, a jugar canicas, trompo, hacer resorteras; como éramos tres hermanos más grandes, Juan, Pedro y yo, jugábamos mucho, a veces se nos pasaba la mano, pues nos agarrábamos a palos o a pedradas, escondido cada quien detrás de una cerca. Todavía tengo una cicatriz en el cuero cabelludo detrás de la oreja, de una pedrada que me dio Pedro en un momento en que saqué demasiado la cabeza. Cuando Pedro se mandaba conmigo, Juan me defendía, pero a veces entre los dos me molestaban para divertirse”.
No terminó ahí la enseñanza de Juan hacia José. Y es ahora el Cardenal quien relata: “En vacaciones en el Seminario nos pedían que trajéramos alguna limosna para las misiones, y a mí me daba mucha vergüenza pedir para las misiones, y mi hermano (José), más chico que yo, que no tenía vergüenza, él pedía y lo que me recogía es lo que traía yo al Seminario. Después me contó que desde esa vez que él pedía para las misiones sintió una voz por dentro que le decía que tenía que ser misionero y él se resistió por muchos años, 8 o 10 años, pero cuando tenía 18 años y yo ya estaba en Roma esa voz se hizo tan fuerte que ya no aguantó; rompió con todo lo que tenía y se vino de Misiones, y ha sido buen misionero desde entonces”.
La familia ha asumido con tranquilidad las designaciones que fue teniendo el Padre Juan y más bien sienten una gran responsabilidad de pedir, con sus rezos, que Dios lo fortalezca en la importante misión que le ha confiado.

La enseñanza no termina

A sus 93 años de edad, doña Guadalupe sigue siendo ejemplo de fortaleza y prudencia.
“Hablando de mi madre de lo sencilla que es la mujer pero también prudente, cuando me nombraron Obispo de Ciudad Juárez, en vísperas de mi consagración, la gente le preguntaba a mi madre qué carácter tenía yo, que cómo era, que cómo era mi genio, y mi madre decía, “no oigo”. Mamá, que cómo es su hijo, qué carácter tiene; decía “no oigo, no oigo”, y de ahí no la sacaron; al poco rato le dijo mi hermano con cierta malicia, “oye mamá, vámonos a El Paso”, “-ándale vamos”; ahí si oyó. La gente de Cd. Juárez después lo contaba con mucha gracia al decir que no quiso soltar prenda; no quiso alabar a su hijo ni tampoco desacreditarlo”, cuenta el Cardenal.
Hay muchos recuerdos en la familia y una anécdota de su mamá que cuenta especialmente el Sr. Arzobispo es la del día de su cardenalato: “No estuvo conmigo en Roma; fue toda mi familia menos ella porque le tiene un miedo pavoroso al avión. Cuando la invitaron mis hermanos a que fuera a Roma dijo que sí, y al día siguiente estaba en el hospital con una presión arterial muy alta, peligrosa; entonces yo fui al hospital y le dije: ‘Mamá, usted no va a ir a Roma, yo le voy a traer de Roma un videocasete con la ceremonia completa y una bendición del Papa especial’. Y dijo -’¡Ah! entonces yo no voy a Roma’, -’No usted no va a Roma’, -¡’Ah! qué bueno’; y esa misma tarde le bajó la presión y al día siguiente salió del hospital.
Ahora, ya por su edad, está en reposo permanente y sus hijas se admiran de la resignación que muestra, pues no emite quejido alguno; su rostro muestra paz y mantiene sus mejillas sonrosadas.
En últimas fechas se ha mantenido consciente, aunque de repente confunde los tiempos y da por vivos a los ya muertos.
La familia agradece las oraciones de los fieles por la salud de su mamá y les pide que sigan rezando por ella para que el Señor le conceda pasar serenamente sus últimos días sobre la Tierra y que la lleve a su Reino.

Testimonios

Ramona Sandoval
Don Esteban, hermano de su mamá, era su tío y padrino de bautizo, por lo que lo quiso mucho.
Recuerda de él su carácter fuerte y de doña Lupita su gran fe, que era buena madre y que les enseñó a sus hijos a llevar una vida cristiana. “Era tan buena que yo creo que se va directo al cielo”.

José Sandoval
Cuenta que don Esteban ponía a trabajar a sus hijos; llegaban de vacaciones y sólo esperaba a que comieran para distribuir las labores. Entonces lo creíamos muy duro, pero fue en beneficio de todos porque todos siguieron un buen camino.

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