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Claudia Ortiz Aguilar
Cuando
el 30 de marzo de 1933 doña Guadalupe Íñiguez y don Esteban Sandoval
llevaron a bautizar a su hijo Juan, que había nacido dos días antes, nunca
imaginaron que aquel pequeño llegaría a ser Cardenal, sin embargo fue la
figura materna la que de alguna forma, guió los pasos de su hijo hacia los
caminos del Señor. En entrevista con Semanario, el propio Cardenal,
Arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, admite que su familia
tuvo una influencia decisiva en su vocación sacerdotal: “Mi familia,
sencilla, de pueblo, era una familia en el fondo muy creyente, y la estima
que mostraban al sacerdote me hizo pensar en el Sacerdocio como algo muy
grande y muy digno. Alguna vez mi madre con mucha discreción una o dos
veces me dijo: Qué bueno estaría que te fueras al Seminario, si te
quisieras ir yo le diría a tu padre que te diera permiso; y con eso que me
dijo mi madre una o dos veces me dio a entender que la vocación sacerdotal
era algo muy digno y muy grande, que si yo me viniera al Seminario mis
padres estarían felices y contentos”. Una vez que terminó la primaria,
a los 12 años de edad, Juan -que quedó como el mayor de los hermanos al
morir la primera hija del matrimonio: Guadalupe- recibió la invitación
providencial de un seminarista y ahí en el Seminario escuchó el llamado y
continuó sus estudios hasta su Ordenación Sacerdotal. Cabe decir que de
la familia materna surgió también el Obispo Don Salvador Quezada Limón,
primo segundo de Don Juan Sandoval, pues la abuela paterna del primero:
Doña María del Refugio Álvarez, era hermana de Doña María Concepción
Álvarez, abuela materna del Arzobispo de Guadalajara.
Su papá
formó su carácter
Doña Guadalupe Íñiguez nació en Yahualica el
26 de noviembre de 1907; fue hija única y vivió con sus padres en una casa
a la orilla del pueblo, junto al camino del Rancho El Potrero, de donde
era Don Esteban. Por ser un pueblo pequeño se conocieron desde que eran
niños. Se casaron en 1930, formando una gran familia, pues tuvieron 12
hijos. Tanto sus hijos, como sus parientes en Yahualica, recuerdan el
carácter fuerte de Don Esteban, que contrastaba con la tranquilidad de
Doña Guadalupe, tal vez para balancear las situaciones. “Don Esteban
era cariñoso, pero sí muy enérgico; exigía mucho; nos levantaba a las 5 de
la mañana para ayudar, ir a la escuela y a trabajar mucho, y no nos pasaba
una; entonces creo que eso, en definitiva, ayudó mucho para formar el
carácter y para enseñarle a uno desde chico la honradez”, cuenta don Juan
Sandoval. Conchita, la antepenúltima hija de la familia Sandoval
Íñiguez evoca una ocasión en la que el Padre Juan se salvó del castigo de
su padre: En aquel entonces había que asistir a la escuela de 9:00 a 12:00
y de 15:00 a 17:00 horas; un viernes, Juan decidió irse a bañar al río,
por lo que por la tarde llegó a la escuela con retraso y cuando entró al
salón y el profesor le cuestionó al respecto respondió: “Yo vengo a
clases, no a que me regañen” y se dio la vuelta y se fue. El profesor lo
alcanzó y le dijo que no podría regresar a la escuela hasta que llevara a
su mamá o a su papá. Su mamá no quiso ir porque tenía mucho quehacer y su
papá asistió a regañadientes y sin antecedentes de lo que había sucedido;
cuando lo supo, por parte del profesor, se molestó y le reclamó que si
para eso lo había llamado, que él mismo debió haber dado a Juan su
merecido, porque se lo entregaban “con todo y nalgas” y llegó con él a un
acuerdo: usted le da una delante de todos y yo le doy otra en la casa. El
profesor vio tan molesto a don Esteban que no le pegó a Juan y prefirió
que se entendiera con su papá. Cuando llegó con él, le preguntó que cómo
le había ido con el maestro y le contestó: él, de por sí molesto y usted
todavía le dice que me pegue. ¡Ah! pues que eso te valga, yo ya no te voy
a pegar, le dijo. Todos recuerdan su infancia con mucho cariño, los
tiempos cuando de niños jugaban juntos y en los que su mamá tenía que
estar con el palo en la mano, tanto a la hora de la comida como a la hora
del rezo del Rosario, “pues eran tantos, que no faltaba a quien le ganara
la risa”, cuenta Conchita. “Lo que más admiraba en mi papá era lo mucho
que trabajaba; siempre comenzaba a trabajar desde antes de que amaneciera.
Ordeñaba las vacas, les daba de comer, las llevaba al potrero y llevaba la
leche a entregar al pueblo. Él decía que cuando se oscurecía le daba
tristeza porque ya no podía seguir trabajando. De mi mamá, el recuerdo que
más me gusta repasar en mi memoria es cuando la escuchaba cantar al lavar
la ropa, al cocinar o al realizar cualquier otro quehacer. Mis papás
nos hacían interrumpir el juego todas las noches para que rezáramos el
Rosario en familia; los dos tenían una fe muy grande, pero sobre todo mi
mamá, con su gran espíritu de devoción influyó en nuestra vida
espiritual”, escribe así el Padre José, -también hermano del Sr. Cardenal-
misionero en Corea, al responder a una entrevista vía
Internet.
En Yahualica: los recuerdos de la
infancia
Yahualica es mi infancia -relata don Juan Sandoval-
desde que nací hasta los 12 años; es recuerdo de mis padres, mi casa en el
pueblo, de mi rancho donde trabajé tanto en las labores del campo y donde
ayudé a mis padres; donde formé mi carácter porque era el mayor de los
hermanos y mi padre me exigía mucho esfuerzo y mucho rendimiento en el
trabajo aunque estuviera chico; yo creo que ahí mi carácter se
templó. El recuerdo de mi párroco, un hombre extraordinariamente bueno,
cariñoso, un pastor ejemplar, el Sr. Cura Ignacio Íñiguez, que casó a mis
padres, me bautizó a mí y me organizó mi Cantamisa. Tuve yo la dicha, ya
siendo Rector del Seminario, no sólo de asistir a su funeral, sino de
conseguir que se le sepultara en la Parroquia que él construyó. El
recuerdo de mi tierra es recuerdo a campo; recuerdo de la vida sencilla;
olor a cantera fresca cuando se está trabajando. En el pueblo,
desgraciadamente queda de aquella parroquia alteña prácticamente sólo el
orgullo de ser el pueblo natal del ahora Arzobispo de Guadalajara. En la
Notaría destaca un cuadro con la fotografía del purpurado tapatío y entre
los artículos que se venden, hay varios en donde se muestra su imagen. En
los libros bautismales está identificado el tomo en el que fue registrado
el bautizo de Juan Sandoval Íñiguez y los pobladores recuerdan la fiesta
que se celebró ahí con motivo de su Cantamisa. Pero a pesar de que son
muchas las personas que viven ahí que llevan cualquiera de los dos
apellidos, hay pocos recuerdos que revelen más de lo que aquí se ha
escrito, pues la familia dejó el pueblo cuando los niños eran aún pequeños
y acerca de aquel niño Juan, los recuerdos escasean, pues dejó Yahualica
cuando era muy niño; sin embargo se le recuerda con cariño. Don Esteban
compró un terreno junto al rancho de sus padres y la familia vivió ahí, en
lo que llamaron “El Ranchito”, en donde nacieron Guadalupe (quien falleció
chica) y el Padre Juan; el lugar es ahora el cementerio municipal. La
familia se trasladó luego a la finca No. 88 de la calle Ignacio Ramírez en
el interior de Yahualica y ahí vieron la luz: Pedro en 1934; José en 1936;
Teresa en 1938; Jesús, quien murió siendo pequeño; Lázaro en 1941; Juanito
en 1943 (quien murió hace algunos años y dejó nueve hijos en Chicago) y
Bertha en 1944. Cabe aclarar que hubo dos Juanes en la familia,
identificados como Juan grande (el Sr. Cardenal) y Juanito, quien falleció
hace 16 años. Como familia cristiana que era, los niños eran bautizados
con el nombre del Santo bajo cuya protección habían nacido y dado que Juan
chico nació el 31 de enero bajo la protección de San Juan Bosco, don
Esteban se empeñó en que llevara ese nombre. Al parecer, María
Concepción, Manuel y María nacieron en El Ranchito, a donde regresó la
familia años más tarde, para después trasladarse a Ameca, dado que dejó de
haber agua para la siembra y el ganado se empezó a morir. Conchita
recuerda aquel lugar en Ameca, junto al río; parecía muy apropiado, sin
embargo las lluvias provocaron una inundación, mientras que el calor le
hizo mal al ganado. Alrededor de 1962 la familia se trasladó a
Guadalajara, luego de que los hijos se inclinaban por el
estudio.
Una niñez llena de recuerdos
Juan fue muy
acomedido y trabajador -recuerda el Padre José- “le ayudaba mucho a mi
papá en el trabajo de los animales; de él aprendí a nadar, a jugar
canicas, trompo, hacer resorteras; como éramos tres hermanos más grandes,
Juan, Pedro y yo, jugábamos mucho, a veces se nos pasaba la mano, pues nos
agarrábamos a palos o a pedradas, escondido cada quien detrás de una
cerca. Todavía tengo una cicatriz en el cuero cabelludo detrás de la
oreja, de una pedrada que me dio Pedro en un momento en que saqué
demasiado la cabeza. Cuando Pedro se mandaba conmigo, Juan me defendía,
pero a veces entre los dos me molestaban para divertirse”. No terminó
ahí la enseñanza de Juan hacia José. Y es ahora el Cardenal quien relata:
“En vacaciones en el Seminario nos pedían que trajéramos alguna limosna
para las misiones, y a mí me daba mucha vergüenza pedir para las misiones,
y mi hermano (José), más chico que yo, que no tenía vergüenza, él pedía y
lo que me recogía es lo que traía yo al Seminario. Después me contó que
desde esa vez que él pedía para las misiones sintió una voz por dentro que
le decía que tenía que ser misionero y él se resistió por muchos años, 8 o
10 años, pero cuando tenía 18 años y yo ya estaba en Roma esa voz se hizo
tan fuerte que ya no aguantó; rompió con todo lo que tenía y se vino de
Misiones, y ha sido buen misionero desde entonces”. La familia ha
asumido con tranquilidad las designaciones que fue teniendo el Padre Juan
y más bien sienten una gran responsabilidad de pedir, con sus rezos, que
Dios lo fortalezca en la importante misión que le ha
confiado.
La enseñanza no termina
A sus 93 años de
edad, doña Guadalupe sigue siendo ejemplo de fortaleza y
prudencia. “Hablando de mi madre de lo sencilla que es la mujer pero
también prudente, cuando me nombraron Obispo de Ciudad Juárez, en vísperas
de mi consagración, la gente le preguntaba a mi madre qué carácter tenía
yo, que cómo era, que cómo era mi genio, y mi madre decía, “no oigo”.
Mamá, que cómo es su hijo, qué carácter tiene; decía “no oigo, no oigo”, y
de ahí no la sacaron; al poco rato le dijo mi hermano con cierta malicia,
“oye mamá, vámonos a El Paso”, “-ándale vamos”; ahí si oyó. La gente de
Cd. Juárez después lo contaba con mucha gracia al decir que no quiso
soltar prenda; no quiso alabar a su hijo ni tampoco desacreditarlo”,
cuenta el Cardenal. Hay muchos recuerdos en la familia y una anécdota
de su mamá que cuenta especialmente el Sr. Arzobispo es la del día de su
cardenalato: “No estuvo conmigo en Roma; fue toda mi familia menos ella
porque le tiene un miedo pavoroso al avión. Cuando la invitaron mis
hermanos a que fuera a Roma dijo que sí, y al día siguiente estaba en el
hospital con una presión arterial muy alta, peligrosa; entonces yo fui al
hospital y le dije: ‘Mamá, usted no va a ir a Roma, yo le voy a traer de
Roma un videocasete con la ceremonia completa y una bendición del Papa
especial’. Y dijo -’¡Ah! entonces yo no voy a Roma’, -’No usted no va a
Roma’, -¡’Ah! qué bueno’; y esa misma tarde le bajó la presión y al día
siguiente salió del hospital. Ahora, ya por su edad, está en reposo
permanente y sus hijas se admiran de la resignación que muestra, pues no
emite quejido alguno; su rostro muestra paz y mantiene sus mejillas
sonrosadas. En últimas fechas se ha mantenido consciente, aunque de
repente confunde los tiempos y da por vivos a los ya muertos. La
familia agradece las oraciones de los fieles por la salud de su mamá y les
pide que sigan rezando por ella para que el Señor le conceda pasar
serenamente sus últimos días sobre la Tierra y que la lleve a su
Reino.
Testimonios
Ramona Sandoval Don Esteban, hermano de su mamá, era su
tío y padrino de bautizo, por lo que lo quiso mucho. Recuerda de él su
carácter fuerte y de doña Lupita su gran fe, que era buena madre y que les
enseñó a sus hijos a llevar una vida cristiana. “Era tan buena que yo creo
que se va directo al cielo”.
José Sandoval Cuenta que don
Esteban ponía a trabajar a sus hijos; llegaban de vacaciones y sólo
esperaba a que comieran para distribuir las labores. Entonces lo creíamos
muy duro, pero fue en beneficio de todos porque todos siguieron un buen
camino.
Arriba
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