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San Román Adame
Rosales | |
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Nació en Teocaltiche, Jalisco, el 27 de febrero de
1859. De humilde cuna, en su juventud ingresó al seminario conciliar de
Guadalajara. Como superaba en edad y juicio a sus condiscípulos, de
seminarista desempeñó algunos oficios de cierta responsabilidad con
diligencia y gusto. |
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Presbítero desde el 30 de noviembre de 1890, se le encomendaron algunos oficios de gran responsabilidad, poco después fue nombrado párroco. En su último destino Nochistlán, Zacatecas, se conserva la memoria del párroco piadoso, promotor de la devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María; confesor asiduo, predicó varias misiones populares y ejercicios espirituales; mejoró la catequesis y la instrucción en la fe y atendió con paternal solicitud a los enfermos. Al suspenderse el culto público, continuó ejerciendo su ministerio. La prudencia no mermó su integridad, pues si bien evitaba el enfrentamiento, sabía que su vida corría peligro. La víspera de su captura públicamente dijo: ¡Qué dicha ser mártir, dar mi vida por mi parroquia! Un vecino del rancho Veladores compareció ante el coronel Jesús Jaime Quiñones, jefe de armas del ejército federal establecido en Yahualica, para denunciar al párroco. la madrugada del 19 de abril de 1927, Quiñones dirigió la captura y aprehensión del anciano, quien fue arrancado del lecho donde descansaba. En ropa interior, casi desnudo, descalzo y a pie, fue obligado a recorrer casi treinta kilómetros; un soldado compadecido le cedió su caballo, lo que le granjeó injurias de sus compañeros. El coronel Quiñones ordenó torturar al prisionero. Durante el día lo expuso a la vista de todos atándolo a una de las columnas de los portales de Yahualica. Los vecinos solicitaron a Quiñones la libertad del reo. Tengo órdenes de perseguir y fusilar a todos los sacerdotes, pero si me dan seis mil pesos, a éste le perdonaré la vida, respondió. Reunida la crecida suma, el militar se la apropió sin cumplir lo pactado, pues el 21 de abril decretó que el padre Adame fuera fusilado a las tres de la tarde en el cementerio municipal. La orden fue cumplida con exactitud. A la hora señalada colocaron al mártir junto a la fosa que le serviría de sepulcro. Uno de los soldados, Antonio Carrillo, se negó a disparar contra el sentenciado; el que dirigía el pelotón lo abofeteó, lo despojó de sus insignias y lo colocó en el paredón; una descarga hizo caer en la tumba al párroco; acto continuo fusilaron a Carrillo, inhumándolo en el mismo sepulcro. Sus restos descansan en Nochistlán, Zacatecas. | |
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