Tuve un compañero en la preparatoria al que llamábamos "El
Teocaltiche", precisamente porque era de allá, sus padres vivían
allá y, a la menor oportunidad, para allá enfilaba en un camión de
La Alteña, que abordaba en la sala de segunda clase de la entonces
nueva central camionera, aquella que se encontraba junto al parque
Agua Azul.
Eran los tiempos en que la Guerra Fría estaba en uno de sus
momentos más tórridos y parecía inminente el peligro de que se
desatara, de un momento a otro, una tercera conflagración mundial
que podría acabar con la humanidad entera. Recuerdo que los análisis
juveniles generaban una gran angustia entre todos los estudiantes,
ante la posibilidad de que sobreviniera un desastre nuclear, por lo
que nuestro foráneo amigo nos tranquilizaba siempre, con su rústica
simpatía, diciéndonos:
"No se apuren. Si acabase el mundo, nos vamos pa'
Teocaltiche."
Esta frase tantas veces repetida, y el tiempo que se
tardaba en ir desde Guadalajara a tan mentada localidad, nos dejó en
verdad la idea de que ésta se encontraba en el último rincón del
mundo; lo que pude reafirmar después, al leer las "Memorias" de
Victoriano Salado Alvarez, uno de los hijos más ilustres de
Teocaltiche, donde decía que entrar a su pueblo era como salir del
mundo.
Como es de suponerse, después de cursar más o menos bien su
secundaria, su preparatoria y su carrera de abogado, nuestro
compañero ya no quiso salirse del mundo. Resultaron ser muchos y muy
importantes los años vividos en Guadalajara, de manera que prefirió
integrarse a las filas de la burocracia gubernamental tapatía, en
las que permanece aún.
Todavía hoy repite con frecuencia aquello que podría
hacerse si el mundo corriera peligro de muerte, pero a nadie
impresiona, entre otras cosas porque su Teocaltiche ya no queda tan
lejos de nuestra ciudad.
Fue otro hijo muy distinguido del lugar, don Manuel J.
Aguirre (1893-1978), quien más influyó para que cambiara
radicalmente esta ubicación marginal de Teocaltiche en mi concepto
del universo. El señor Aguirre, quien escribió dos importantes
libros específicamente sobre su pueblo, me contaba un día, con su
refinadísima gracia para decir las cosas, que también le había dado
por escribir una novela histórica sobre una ciudad llamada
Guadalajara que, después de un largo peregrinar por tierras
cazcanas, había acabado por parar en un lugar muy lejano y apartado
de Teocaltiche. A diferencia de mi condiscípulo y de Salado Alvarez,
don Manuel estaba convencido a plenitud de que su pueblo era, ni más
ni menos, el centro del mundo.
En verdad Teocaltiche estaba lejos de Guadalajara antes de
que se asfaltara el camino. Primero fue por gestiones expresadas de
Jesús González Gallo -secretario particular del Presidente Manuel
Avila Camacho y luego Gobernador de Jalisco- en la década de los
años 40, que se trazó la carretera desde Tepatitlán hasta Yahualica. Después fue por
la decisión de Alberto Orozco Romero, también en su condición de
gobernante, al mediar los años 70, que el asfalto llegó a
Teocaltiche después de merodear por las zacatecanas tierras de
Toyahua y Nochistlán.
Fue entonces cuando la comunicación con la capital de
Jalisco se hizo expedita, en detrimento de la ciudad de
Aguascalientes, que había fungido hasta entonces como hermana mayor
de Teocaltiche, y de la que se había dependido para muchas cosas
desde finales del Siglo 18. No de balde Teocaltiche, junto con su
comarca, acabó en la mitra de los hidrocálidos.
No faltan, en consecuencia, algunos naturales de
Teocaltiche que manifiestan su preferencia por pertenecer al estado
vecino, pues lo creen de mayor conveniencia. Sin embargo, la mayoría
tiene en muy alta estima pertenecer a Jalisco, a cuya conformación
han contribuido sobremanera los hijos de este pueblo.
Pueblo antiguo Teocaltiche, pero nunca "pueblecillo feo o
insignificante", cuya vida se debió a sus arrieros que remontaban al
norte llevando ganado de los "puros Altos", esto es, de Tepa, San
Julián o Arandas, a tributar su carne y su cuero a las explotaciones
mineras de Zacatecas, o bien, los muchos productos que se mercaban a
principios de diciembre durante la famosa feria del también cercano
pueblo de San Juan de los Lagos. No poco contribuyeron tales
arrieros a perfilar y difundir la figura del charro mexicano, tan
emblemática del Estado Libre y Soberano de Jalisco.
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José María Muriá es historiador y presidente de El Colegio de
Jalisco.