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José María Muriá / Teocaltiche en el mundo
Por José María Muriá

Mural

(04 Mayo 2001).-

 Tuve un compañero en la preparatoria al que llamábamos "El Teocaltiche", precisamente porque era de allá, sus padres vivían allá y, a la menor oportunidad, para allá enfilaba en un camión de La Alteña, que abordaba en la sala de segunda clase de la entonces nueva central camionera, aquella que se encontraba junto al parque Agua Azul.

 Eran los tiempos en que la Guerra Fría estaba en uno de sus momentos más tórridos y parecía inminente el peligro de que se desatara, de un momento a otro, una tercera conflagración mundial que podría acabar con la humanidad entera. Recuerdo que los análisis juveniles generaban una gran angustia entre todos los estudiantes, ante la posibilidad de que sobreviniera un desastre nuclear, por lo que nuestro foráneo amigo nos tranquilizaba siempre, con su rústica simpatía, diciéndonos:

 "No se apuren. Si acabase el mundo, nos vamos pa' Teocaltiche."

 Esta frase tantas veces repetida, y el tiempo que se tardaba en ir desde Guadalajara a tan mentada localidad, nos dejó en verdad la idea de que ésta se encontraba en el último rincón del mundo; lo que pude reafirmar después, al leer las "Memorias" de Victoriano Salado Alvarez, uno de los hijos más ilustres de Teocaltiche, donde decía que entrar a su pueblo era como salir del mundo.

 Como es de suponerse, después de cursar más o menos bien su secundaria, su preparatoria y su carrera de abogado, nuestro compañero ya no quiso salirse del mundo. Resultaron ser muchos y muy importantes los años vividos en Guadalajara, de manera que prefirió integrarse a las filas de la burocracia gubernamental tapatía, en las que permanece aún.

 Todavía hoy repite con frecuencia aquello que podría hacerse si el mundo corriera peligro de muerte, pero a nadie impresiona, entre otras cosas porque su Teocaltiche ya no queda tan lejos de nuestra ciudad.

 Fue otro hijo muy distinguido del lugar, don Manuel J. Aguirre (1893-1978), quien más influyó para que cambiara radicalmente esta ubicación marginal de Teocaltiche en mi concepto del universo. El señor Aguirre, quien escribió dos importantes libros específicamente sobre su pueblo, me contaba un día, con su refinadísima gracia para decir las cosas, que también le había dado por escribir una novela histórica sobre una ciudad llamada Guadalajara que, después de un largo peregrinar por tierras cazcanas, había acabado por parar en un lugar muy lejano y apartado de Teocaltiche. A diferencia de mi condiscípulo y de Salado Alvarez, don Manuel estaba convencido a plenitud de que su pueblo era, ni más ni menos, el centro del mundo.

 En verdad Teocaltiche estaba lejos de Guadalajara antes de que se asfaltara el camino. Primero fue por gestiones expresadas de Jesús González Gallo -secretario particular del Presidente Manuel Avila Camacho y luego Gobernador de Jalisco- en la década de los años 40, que se trazó la carretera desde Tepatitlán hasta Yahualica.  Después fue por la decisión de Alberto Orozco Romero, también en su condición de gobernante, al mediar los años 70, que el asfalto llegó a Teocaltiche después de merodear por las zacatecanas tierras de Toyahua y Nochistlán.

 Fue entonces cuando la comunicación con la capital de Jalisco se hizo expedita, en detrimento de la ciudad de Aguascalientes, que había fungido hasta entonces como hermana mayor de Teocaltiche, y de la que se había dependido para muchas cosas desde finales del Siglo 18. No de balde Teocaltiche, junto con su comarca, acabó en la mitra de los hidrocálidos.

 No faltan, en consecuencia, algunos naturales de Teocaltiche que manifiestan su preferencia por pertenecer al estado vecino, pues lo creen de mayor conveniencia. Sin embargo, la mayoría tiene en muy alta estima pertenecer a Jalisco, a cuya conformación han contribuido sobremanera los hijos de este pueblo.

 Pueblo antiguo Teocaltiche, pero nunca "pueblecillo feo o insignificante", cuya vida se debió a sus arrieros que remontaban al norte llevando ganado de los "puros Altos", esto es, de Tepa, San Julián o Arandas, a tributar su carne y su cuero a las explotaciones mineras de Zacatecas, o bien, los muchos productos que se mercaban a principios de diciembre durante la famosa feria del también cercano pueblo de San Juan de los Lagos. No poco contribuyeron tales arrieros a perfilar y difundir la figura del charro mexicano, tan emblemática del Estado Libre y Soberano de Jalisco.

 

muria@infosel.net.mx

José María Muriá es historiador y presidente de El Colegio de Jalisco.

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